Joya verde abierta a todos
Madrid presume de grandes parques, pero también esconde refugios pequeños que sorprenden más. El Jardín del Príncipe de Anglona juega en esa liga. Se encuentra en pleno centro, pegado a la Plaza de la Paja, y aun así mucha gente pasa cerca sin saber que existe. Esa mezcla de discreción y belleza explica su encanto.
El jardín vive en el Madrid de los Austrias, dentro del barrio de La Latina. Por tanto, lo rodean calles históricas, fachadas con siglos encima y un ambiente que cambia según la hora. Por la mañana domina el paseo tranquilo. Por la tarde aparece el goteo de visitantes. Y, aun así, dentro del jardín manda el silencio.
El Jardín Secreto de Salvador Bachiller: Un Refugio Urbano en Madrid
Un diseño que trasciende el tiempo
Durante mucho tiempo, este espacio funcionó como un jardín de uso ligado al palacio contiguo. Nació como un lugar de recreo asociado a una casa noble, algo típico en el siglo XVIII. De hecho, se considera una de las pocas muestras de jardines nobiliarios de ese siglo que siguen en pie en Madrid.
Estructura clásica y detalles modernos
La clave llegó cuando el jardín pasó a manos municipales en 1978. Ese cambio de propietario marcó el inicio del camino hacia su recuperación y su apertura pública.
Años después, el Ayuntamiento impulsó la restauración que permitió abrirlo al público en 2002.
Ese dato cambia la lectura del lugar. Antes, el jardín hablaba de privilegios. Ahora, habla de patrimonio compartido.
Parque de la Quinta de La Fuente del Berro, La joya verde menos conocida de Madrid
Dónde está y por qué parece invisible
El acceso se esconde tras una puerta discreta, detrás de altas tapias, en la parte baja de la Plaza de la Paja. La ubicación resulta paradójica. Está en una zona muy turística, cerca de rutas clásicas de La Latina, y aun así conserva ese aire de “sitio secreto”. Es Madrid+1
Además, el jardín se asienta sobre un terraplén artificial. Esa solución permite salvar el desnivel entre la plaza y la calle de Segovia. No se trata solo de un jardín bonito, también es una pequeña lección de urbanismo antiguo.
Ese “jardín colgante” explica por qué, desde dentro, se siente como un balcón verde. El ruido queda abajo. La vista se abre. Y la mente se relaja.
Oasiz Madrid: una revolución en el concepto de centros comerciales
Un diseño con orden y una pizca de sorpresa
El Jardín del Príncipe de Anglona mantiene un diseño de aire neoclásico. El visitante lo nota en cuanto entra. El espacio impone orden sin parecer rígido. Parterres, setos bajos y caminos bien definidos construyen una geometría amable.
La superficie ronda los 500 metros cuadrados, lo que refuerza la idea de jardín íntimo.
No hace falta más tamaño para que funcione. En realidad, su gracia está en la proporción. Todo queda a mano. Todo se percibe.
El cuerpo central se organiza en cuatro cuadrantes. Entre ellos se abren caminos hechos con ladrillo colocado “a sardinel”, es decir, de canto. Ese detalle aporta textura y personalidad.
En el cruce de los caminos aparece una pequeña fuente de granito, con una columna y una taza decoradas con relieves en espiral. El agua no busca espectáculo, busca acompañar.
Luego llega una de las zonas más queridas por quienes vuelven. Junto a la tapia que da a la calle de Segovia se extiende un paseo con pérgola y rosaleda.
La sombra aquí cambia según la estación. En primavera, el lugar se vuelve más fotogénico. En verano, se agradece el frescor. En otoño, el jardín se vuelve melancólico.
Y todavía guarda un tercer gesto. En una esquina, cerca de la Plaza de la Paja, se levanta un cenador de hierro. Ese punto funciona como remate visual y como excusa para sentarse un rato.
Una historia de reformas que no borraron el alma
El jardín original data aproximadamente de 1750.
Sin embargo, el aspecto que hoy se ve se consolidó gracias a un encargo de principios del siglo XX, cuando se replanteó el conjunto para darle coherencia estética.
Aun así, el gran punto de inflexión llegó con la última restauración, ejecutada en 2002. Ese trabajo permitió recuperar el espacio y abrirlo a la ciudad.
El resultado no parece un jardín “museo”. Se nota cuidado, sí. Pero también se nota vivo. Esa diferencia importa, porque muchos espacios patrimoniales acaban convertidos en decorado. Aquí, en cambio, el jardín invita a quedarse.
El palacio como telón de fondo
El jardín no se entiende sin el edificio contiguo. Su historia se vincula al palacio asociado al título de Anglona, con reformas y cambios a lo largo del tiempo.
Hoy, el palacio mantiene usos municipales, y en la zona también conviven propuestas de hostelería en el entorno inmediato, lo que refuerza el contraste entre la calle animada y el jardín silencioso.
Ese contraste funciona como argumento urbano. Madrid mezcla capas sin pedir permiso. En una misma manzana conviven historia, gestión pública y vida contemporánea.
Horario y mejor momento para ir
Este jardín no es un parque de acceso masivo. Por eso, conviene tener en cuenta horarios. Algunas guías recogen franjas amplias según temporada, con apertura de 10 a 18 h en meses fríos y de 10 a 22 h en meses cálidos.
Aun así, lo más sensato es revisar la información oficial o del destino antes de ir, porque los horarios pueden cambiar por mantenimiento o por decisiones de gestión.
En cuanto al momento ideal, suele ganar la mañana. Hay menos flujo de gente y la luz entra mejor por encima de las tapias. Además, La Latina todavía no ha arrancado del todo y se nota.
Un refugio en plena ciudad
Madrid habla mucho de naturaleza urbana, pero no siempre la integra con delicadeza. Aquí sí se consigue. El Jardín del Príncipe de Anglona funciona como pausa real, no como eslogan. Se escucha menos tráfico. Se respira distinto. Y el ritmo baja.
El jardín combina árboles de porte con parterres más pequeños, setos de boj y plantaciones de pradera.
Esa mezcla crea capas visuales. También ayuda a que el espacio cambie con las estaciones, algo esencial para que un jardín no se sienta repetido.
Además, su cierre perimetral actúa como filtro acústico y psicológico. Madrid queda fuera. Dentro solo importa lo inmediato. Ese efecto explica por qué mucha gente sale con la sensación de haber descubierto una puerta oculta.
La comparación inevitable con otros secretos verdes
En Madrid se repite una idea. El centro tiene rincones verdes escondidos que compiten en encanto. A veces se habla de terrazas con vegetación en azoteas, o de patios interiores convertidos en oasis comerciales. Existen, claro, y algunos tienen mucho tirón.
Sin embargo, Anglona juega otra partida. No busca consumo, ni foto rápida, ni tendencia. Ofrece patrimonio y calma. Por eso, cuando alguien lo descubre, suele repetir.
Un lugar pequeño con una lección grande
El Jardín del Príncipe de Anglona demuestra algo simple. La ciudad no necesita solo macroparques para respirar. También necesita microespacios bien cuidados. Necesita refugios que no se anuncien con neón. Necesita lugares donde el tiempo no corra.
En una capital que vive acelerada, un jardín de 500 metros puede cambiar una tarde. Y ese cambio, aunque parezca menor, tiene mucho valor.



