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La Dichosa, una taberna con nombre juguetón y alma de barrio

Hay nombres que entran antes que el local. La Dichosa es uno de ellos. Suena a alias castizo, a personaje secundario de una novela madrileña, a esa persona que aparece siempre en el momento oportuno. También suena a expresión de queja si se le baja la mayúscula y se le añade cualquier sustantivo femenino detrás. La dichosa cuenta, la dichosa espera, la dichosa reserva. Ahí empieza el juego.

Y quizá por eso el nombre funciona tan bien. La Dichosa tiene algo alegre, algo irónico y algo muy de taberna. No necesita ponerse solemne para llamar la atención. Al contrario, juega con esa ambigüedad y la lleva al terreno que mejor conoce Madrid: el de la barra, el vermut, la ración bien pensada y la conversación que se alarga sin permiso.

Situada en la calle Bernardo López García, 11, muy cerca de Conde Duque, esta neotaberna aparece también en la guía oficial de turismo de Madrid como un espacio de tapas y raciones españolas en ambiente desenfadado, con decoración cuidada y acogedora. También se destaca su vermut Izaguirre y una carta de tapas que cambia e innova con frecuencia. Su propia web de reservas confirma la dirección y el teléfono del establecimiento.

Una taberna actual que no renuncia al oficio

La Dichosa no intenta parecer antigua a la fuerza. Eso se agradece. En Madrid abundan los locales que quieren fabricar nostalgia con cuatro azulejos, dos botellas viejas y una luz amarillenta. Aquí, en cambio, la sensación va por otro lado. La taberna parece actual, pero conserva ingredientes reconocibles de las casas de siempre.

Hay una barra en esquina nada más entrar. Hay mesas de mármol clásicas en el salón. Hay techos altos, tonos claros, lámparas de bola con aire antiguo y una gran pared de pizarra con información de la carta. También hay otra pizarra dedicada a los vinos por copas. Todo comunica algo muy sencillo: aquí se viene a comer y a beber, pero también a mirar.

Al fondo aparece una serie de imágenes lunares. Creciente, nueva, menguante, llena. O quizá no exactamente en ese orden, porque alguien con más conocimiento astronómico podría discutir la secuencia. Y eso, lejos de molestar, suma. La Dichosa tiene ese punto de lugar con detalles que abren conversación. En una taberna, eso vale casi tanto como una buena croqueta.

La decoración mezcla paredes azules, pizarra, barra blanca y ese ambiente de neotaberna que no pierde el contacto con el barrio. Es un espacio cuidado, pero no rígido. Tiene intención, pero no pose. Esa diferencia importa mucho.

Sade, vermut y el Pleistoceno Medio

La visita puede empezar por la música. Y en La Dichosa, al menos en esta experiencia, la banda sonora tuvo algo de viaje generacional. Sonó Sade. Y eso ya predispone el ánimo. Hay voces que suavizan una sala. La suya lo hace. Tiene esa elegancia que no necesita levantar la mano para imponerse.

La escena encaja. Una taberna con nombre feliz, una canción que huele a juventud lejana y una mesa dispuesta para empezar sin prisas. Alguien podría decir que la música pertenece al Pleistoceno Medio. Pero también podría decir que algunas cosas envejecen mejor que muchas novedades.

Además, el sonido del local no aparece como un añadido decorativo. Acompaña. Deja hablar. Permite que la comida tenga ritmo. No todos los sitios entienden que la música en un restaurante no debe competir con la mesa. Aquí, al menos en esta visita, la convivencia funcionó.

Y entonces llega el momento de pedir. En La Dichosa conviven tapas elaboradas, raciones españolas, vinos, vermús y algunas cervezas artesanales. La propuesta no busca romper la cocina tradicional. La estira, la actualiza y la presenta con cierto desparpajo. Es una fórmula que Madrid entiende muy bien cuando se ejecuta con criterio.

Croquetas, alcachofas y un timbal con memoria

La primera parada fueron las croquetas caseras de jamón y vegetales. La croqueta sigue siendo una prueba de confianza para cualquier taberna madrileña. Parece sencilla, pero no perdona. Si llega pesada, gomosa o sin sabor, la mesa lo nota enseguida. En La Dichosa, la croqueta juega en el terreno de la cocina reconocible, cremosa y bien resuelta.

Después llegaron las alcachofas naturales con taquitos de jamón y cebolla crujiente. Este plato habla de otro tipo de taberna. Una que entiende que la verdura no tiene por qué actuar como acompañamiento triste. La alcachofa, cuando se trata bien, tiene carácter. Aquí gana con el punto salino del jamón y el contraste de la cebolla.

Pero la mesa subió de tono con el timbal de rabo y huevo frito de oca, crujiente de puerros y puré de patata con ajo negro. Es un plato con fondo. Tiene esa mezcla de melosidad, grasa amable y sabor profundo que pide pan, copa y silencio breve. El ajo negro aporta un matiz elegante, casi dulce, sin robar protagonismo al guiso.

Este tipo de elaboración explica bien la personalidad del local. No se queda en la tapa rápida. Tampoco pretende hacer alta cocina disfrazada de taberna. Busca un punto intermedio. Y en ese espacio se mueve con bastante soltura.

Cerca de Conde Duque, pero con pulso propio

La ubicación también importa. Bernardo López García no suena a eje turístico obvio. No tiene el golpe inmediato de Gran Vía, ni la postal rápida de Malasaña. Sin embargo, está en ese Madrid que respira entre Conde Duque, Noviciado y el Centro más vivido. Un área donde conviven vecinos, oficinas, cultura, bares de toda la vida y nuevos proyectos hosteleros.

La Dichosa aprovecha ese contexto. No parece un local pensado solo para pasar por allí una vez y marcharse. Tiene algo de sitio al que volver. Eso se nota en la escala, en la disposición del comedor y en la forma en que la barra organiza el espacio.

También se nota en la clientela. La palabra “parroquianos” no aparece aquí por casualidad. Una taberna necesita repetición. Necesita gente que sepa dónde sentarse, qué pedir y qué copa le apetece antes de mirar la pizarra. Los restaurantes pueden vivir de la novedad durante un tiempo. Las tabernas, en cambio, necesitan confianza.

Y La Dichosa parece trabajar precisamente ese vínculo. No ofrece una experiencia distante. Ofrece cercanía, producto, platos con intención y un ambiente que permite sentirse dentro sin pedir permiso.

El encanto de lo imperfectamente feliz

Lo más interesante de La Dichosa quizá no esté solo en sus platos. Está en el tono. En esa manera de construir una identidad sin volverse demasiado seria. El nombre ya marca el camino. La Dichosa puede sonar alegre, pero también un poco impertinente. Puede ser una bendición o una pequeña queja. Y esa doble lectura le da encanto.

En una ciudad donde muchos locales se parecen demasiado, un nombre con personalidad ayuda. Pero no basta. Luego hay que sostenerlo con cocina, sala y ambiente. En esta visita, la taberna lo consiguió. Hubo música con memoria, platos bien pensados, una estética acogedora y una sensación general de sitio vivido.

También hubo detalles que ayudan a recordar el lugar. Las lunas del fondo. La pizarra. Las mesas de mármol. La barra en esquina. El sonido de Sade. Las alcachofas. El timbal. Las croquetas. Todo suma en una experiencia que no busca deslumbrar de golpe, sino convencer poco a poco.

Y eso, en Madrid, tiene mucho valor. Porque la ciudad no necesita más restaurantes que griten. Necesita sitios que acompañen. Sitios donde una caña, un vermut o una copa de vino encuentren algo digno al lado. Sitios donde la comida tenga intención, pero no dé la lata.

Una visita dichosa, sin exagerar

La Dichosa funciona porque entiende el equilibrio. Tiene alma de taberna, pero mirada contemporánea. Cuida la estética, pero no la convierte en una jaula. Ofrece platos reconocibles, pero añade giros suficientes para mantener despierta la mesa. Y, sobre todo, crea un ambiente fácil de habitar.

No conviene exagerar. No todos los locales tienen que presentarse como templos gastronómicos. Algunos ganan precisamente porque no lo hacen. La Dichosa pertenece a esa categoría de lugares que se disfrutan mejor sin solemnidad. Se entra, se mira la pizarra, se pide algo para compartir y se deja que la conversación haga su parte.

En esa sencillez aparente está su mayor virtud. La taberna propone una experiencia que combina barrio, vino, ración y cierta alegría inteligente. No fuerza la tradición. No persigue la modernidad como si fuera una obligación. Se instala en medio y lo hace con gracia.

Quizá por eso su nombre queda tan bien. Porque salir de allí permite decir, sin demasiada literatura, que la visita fue dichosa. Y también porque, con la minúscula preparada para la broma, uno podría añadir: la dichosa taberna tiene más encanto del que parece.