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Olavide Bar de Libros, el rincón rojo de Chamberí donde los libros también se beben

Madrid acumula aperturas de locales con conceptos híbridos. Algunos mezclan gastronomía, diseño, música o comercio. Sin embargo, muy pocos consiguen que esa suma tenga sentido real. Olavide Bar de Libros, en pleno Chamberí, sí lo logra. Y lo hace sin artificios. No parece un lugar pensado solo para salir bien en Instagram ni una fórmula montada a toda prisa para aprovechar una moda cultural. Más bien transmite lo contrario: la sensación de que todo allí responde a una idea clara y profundamente vivida.

Ese es, seguramente, su mayor atractivo. No es solo una librería con café ni una cafetería con estanterías. Es un espacio donde la literatura se convierte en excusa para quedarse, hablar, leer, descubrir y hasta contar la propia historia. En una ciudad que corre demasiado, este local ha apostado por algo casi contracultural: bajar el ritmo y devolver protagonismo al encuentro.

La propuesta tiene nombres propios. Detrás de este proyecto están Daniel Ulanovsky Sack y Raquel Garzón, periodistas, editores, viajeros incansables y lectores apasionados nacidos en Argentina, que eligieron Madrid para levantar este sueño compartido. Ellos mismos se definen como lectores “curiosos, apasionados y omnívoros”, y esa definición no suena a frase promocional. Se nota en el espacio, en la selección de títulos y en el modo en que entienden la librería.

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Un sueño argentino que encontró hogar en Madrid

Olavide Bar de Libros no nació como una ocurrencia simpática ni como un negocio más dentro del circuito cultural madrileño. Nació, en realidad, de un cambio de vida. Daniel Ulanovsky y Raquel Garzón dejaron Buenos Aires y se instalaron en Madrid en 2020, en plena pandemia. Aquella mudanza no fue solo geográfica. También fue una manera de empezar de nuevo.

La idea del proyecto, según ha explicado el propio entorno de la librería, partió de Daniel, muy interesado en crear espacios de encuentro. Después, Raquel se fue enamorando poco a poco de esa posibilidad. El resultado fue este rincón de Chamberí que hoy ya forma parte del mapa sentimental del barrio.

Esa historia de origen explica bastante bien el tono del local. Olavide tiene algo de hogar porque también nació de la necesidad de construir uno. No es casual que muchos clientes hablen de este lugar como si llevara ahí toda la vida. Ni tampoco sorprende que buena parte de su encanto resida en esa mezcla tan difícil de fabricar entre calidez, identidad y criterio.

La entrevista de Cristina Baigorri que ayuda a entender su alma

Para entender mejor qué hay detrás de Olavide Bar de Libros, Cristina Baigorri entrevistó para Madrid Noticia a Daniel Ulanovsky, uno de los responsables del proyecto. Y lo cierto es que sus respuestas ayudan a poner nombre a sensaciones que el visitante percibe nada más entrar.

La conversación arrancó con una frase atribuida a Ray Bradbury que funcionó como declaración de intenciones: la idea de que siempre se puede ir a dormir con una persona y con un libro. A partir de ahí, Daniel desarrolló una visión muy concreta de la lectura. Para él, el libro plantea un diálogo tácito que no siempre se da con otros formatos culturales. Según explicó en esa charla, mientras que una película o una canción lanzan mensajes que a veces resultan más difíciles de descodificar, la lectura obliga a una atención distinta y abre un intercambio más íntimo entre autor y lector.

Esa reflexión no es menor. Ayuda a entender por qué en Olavide no se percibe el libro como un producto decorativo ni como un simple objeto de consumo cultural. Aquí el libro sigue siendo una conversación posible. Una conversación silenciosa, sí, pero también profundamente humana. Y esa idea atraviesa todo el espacio.

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Por qué una librería se llama bar

La gran pregunta surge sola. Si se trata de una librería, ¿por qué llamarla bar? Cristina Baigorri se la planteó directamente a Daniel Ulanovsky durante la entrevista. Y la respuesta retrata muy bien la filosofía del proyecto.

Daniel explicó que, desde el principio, tanto él como Raquel supieron que querían crear un espacio de comunidad, de encuentro y de diálogo. No les bastaba con abrir un lugar para ver y comprar libros. Querían que la gente pudiera sentarse, conversar, hojear algo, pasar un rato con un amigo o incluso quedarse sola con un café o una copa de vino.

En esa misma conversación, Ulanovsky apuntó además una idea muy reveladora sobre el barrio. Según dijo, en una época en la que muchos barrios empiezan a perder esencia, porque cierran los comercios tradicionales y desaparecen las referencias de siempre, les parecía importante que quedara algún lugar con identidad local. Por eso pusieron mesas. Por eso pensaron en un espacio donde no solo se viniera a buscar una historia, sino también a traer la propia.

Ese matiz es clave. Olavide no se presenta como un bar al uso, sino como un bar dentro de una librería. O, si se quiere, como una librería que no renuncia al placer de la charla, al vino compartido o al café que acompaña una tarde de lectura. Y quizá esa sea la razón de que el nombre funcione tan bien en Madrid. Porque la plaza de Olavide ya está asociada, en el imaginario madrileño, a la conversación, la cerveza, las tabernas y la vida de barrio. El local recoge ese espíritu y lo lleva al terreno literario.

Un espacio pensado para quedarse

Esa filosofía se traduce también en la puesta en escena. La fachada granate o roja de Olavide Bar de Libros destaca enseguida. Llama la atención, pero no grita. Sus ventanales, ya muy reconocibles en la zona, invitan a mirar hacia dentro. Y una vez dentro, el local hace el resto.

Hay estanterías, sí. Hay mesas. Hay rincones que invitan a sentarse. Hay café, té, vino, cerveza, bollería y tartas. Y, sobre todo, hay una atmósfera que huye de la frialdad. No se entra con la sensación de tener que decidir rápido. Al contrario. Olavide parece diseñado para que el tiempo se afloje.

Eso hoy vale mucho. Madrid vive sometida a la prisa. Se compra rápido, se desayuna rápido y hasta se consume cultura con una lógica acelerada. Frente a eso, este lugar propone una pausa. No la pausa solemne de los espacios que intimidan, sino una pausa amable. Una pausa de barrio. Una pausa que permite leer dos páginas, mirar una cubierta, pedir otra taza y seguir.

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La selección de libros también habla

Una librería se define por su catálogo tanto como por su estética. Y en Olavide esa selección tiene mucho peso. La propuesta de lectura, elegida por Raquel Garzón y Daniel Ulanovsky, abarca ensayo, poesía, novela, biografía, literatura infantil, novela gráfica y otras muchas categorías. No responde a un criterio cerrado ni a una moda concreta. Más bien propone una conversación abierta entre géneros, épocas y sensibilidades.

Eso permite que el espacio funcione para perfiles muy distintos. Allí puede entrar quien lleva semanas buscando un título concreto, pero también quien solo quiere dejarse sorprender. Ese equilibrio entre criterio y accesibilidad es uno de los puntos fuertes del proyecto. La librería no intimida al lector ocasional, pero tampoco decepciona al lector exigente.

Además, el oficio editorial de sus responsables se nota. No da la impresión de que los libros estén puestos por acumulación o simple rotación comercial. Hay una mirada detrás. Y esa mirada ayuda a que el visitante perciba algo cada vez más escaso: que alguien ha pensado ese espacio para leer de verdad.

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Los libros que hicieron al librero

Uno de los momentos más bonitos de la entrevista de Cristina Baigorri llegó cuando le preguntó a Daniel por los libros que lo habían hecho lector. La pregunta, sencilla en apariencia, encajaba perfectamente con la identidad del lugar. Porque una librería como esta también se sostiene sobre los itinerarios íntimos de quienes la levantan.

Daniel recordó entonces lecturas de infancia y adolescencia. Habló de títulos que le sirvieron para salir al mundo y de otros que le abrieron una forma distinta de comprenderlo. Entre ellos citó Cien años de soledad, una novela que, según explicó, le hizo sentir cómo muchas sociedades pueden vivir encapsuladas en sus propias burbujas, creyéndolas coherentes aunque en realidad sean profundamente caóticas.

La reflexión iba mucho más allá de la anécdota lectora. Volvía a insistir en una idea central: los libros ayudan a mirar la vida de otra manera. Y esa convicción, la de que la literatura no adorna, sino que transforma, parece estar en el corazón de Olavide.

No es casual, por tanto, que algunas de las frases que acompañan su papelería y sus marcapáginas insistan en esa dimensión casi combativa del acto de leer. “No hay nada más subversivo que la literatura”, de Enrique Vila-Matas. “Escribir es un acto de esperanza”, de Margaret Atwood. “Nos contamos historias para poder vivir”, de Joan Didion. “La poesía no quiere adeptos, quiere amantes”, de Federico García Lorca. Todo en el local recuerda que leer no es una actividad decorativa, sino una forma de estar en el mundo.

Mucho más que libros y café

Olavide Bar de Libros no se limita a vender libros y servir bebidas. También ha construido una programación cultural que le da una segunda vida al espacio. Allí se celebran clubes de lectura, talleres de escritura, presentaciones de libros y otros pequeños eventos culturales que refuerzan la dimensión comunitaria del proyecto.

Durante su conversación con Cristina Baigorri, Daniel subrayó precisamente esa vocación abierta del local. Explicó que allí tienen cabida talleres, clubes y encuentros, y puso ejemplos concretos de actividades vinculadas a la semana del libro en Madrid. Citó un espectáculo de tango y música del sur impulsado también con apoyo de la embajada argentina, así como un diálogo con un autor sobre las novelas que lo llevaron a escribir.

Ese detalle aporta contexto. Olavide no quiere ser solo una librería bonita. Quiere ser un lugar vivo. Un lugar donde el libro circule entre la lectura privada y la conversación pública. Esa transición es muy importante. Porque una ciudad no se sostiene culturalmente solo con grandes instituciones. También necesita pequeños núcleos donde la vida literaria ocurra a escala humana.

Historias pequeñas que hacen barrio

En casi cuatro años de recorrido, el local ha acumulado escenas que ayudan a medir su arraigo. Durante la entrevista, Cristina Baigorri le pidió a Daniel alguna anécdota de este tiempo. Y la respuesta volvió a confirmar que el lugar ya forma parte de la vida cotidiana del barrio.

Ulanovsky contó, por ejemplo, que algunas parejas les habían pedido reservar mesa para una primera cita. Lo habitual, dijo, es que no hagan reservas porque disponen de pocas mesas y prefieren que la gente llegue directamente. Sin embargo, en esos casos concretos accedieron porque les pareció que había algo bonito que merecía protección.

También relató otra imagen todavía más poderosa. La de bebés a los que vieron primero en la barriga de sus madres y que hoy ya entran en la librería a buscar sus propios libros. Primero fueron libros de baño. Luego llegaron los de dibujos. Después aparecieron los textos breves que los padres leen con ellos. Y más tarde, los primeros libros que ya leen solos.

Ese tipo de escenas valen más que cualquier campaña de marketing. Revelan que Olavide ha dejado de ser solo un negocio para convertirse en parte del crecimiento emocional del barrio. Allí no solo se compra. Allí también se vuelve.

El riesgo de abrir una librería en tiempos inciertos

La historia de Olavide tiene, además, un componente valiente. Daniel lo contó con bastante honestidad en la entrevista. Cuando él y Raquel llegaron a Madrid en 2020, en plena pandemia, siguieron trabajando como periodistas, pero sintieron la necesidad de emprender alguna actividad que los enraizara. Siempre habían tenido, según explicó, una “secreta ilusión” de abrir una librería.

Conocían la zona de una estancia anterior en Madrid, entre 2003 y 2004. Miraron otros barrios, pero terminaron enamorándose de este entorno. Y en un momento dado tomaron la decisión. Se tiraron a la piscina, como él mismo vino a decir. Sin un gran estudio de marketing. Sin un cálculo milimétrico. Con intuición, deseo y una cierta dosis de riesgo.

Visto con perspectiva, aquella apuesta podría haber parecido una locura. Sin embargo, el tiempo les ha dado la razón. El barrio ha respondido. La gente sigue comprando libros en papel. Y la librería ha demostrado ser sostenible. Esa idea tiene algo de noticia cultural en sí misma. En medio de tantos discursos sobre la crisis del libro, hay proyectos que siguen demostrando que la lectura conserva público, comunidad y futuro, siempre que se la trate con respeto e inteligencia.

Cómo imaginan el futuro de Olavide

Cuando Cristina Baigorri le preguntó a Daniel cómo veía el futuro del proyecto, la respuesta combinó ambición y sentido común. Ojalá, dijo, puedan seguir allí muchos años más. Y ojalá logren crecer en actividades culturales, reforzar el diálogo con autores y potenciar todavía más las presentaciones de libros.

La aspiración no suena desmesurada. Suena coherente. Porque Olavide ya funciona como un pequeño centro de conversación literaria. Lo lógico sería que esa línea siga creciendo. Más autores, más encuentros, más comunidad y más vida alrededor del libro. No parece una fantasía. Parece el paso natural de un proyecto que ha encontrado su lugar.

El Madrid que explica Olavide

Más allá de su estética o de su encanto evidente, Olavide Bar de Libros también dice algo importante sobre Madrid. Habla de una ciudad que todavía necesita espacios con escala humana. Habla de barrios que se resisten a perder toda su identidad comercial y emocional. Y habla, además, de una comunidad lectora que no busca solo comprar, sino compartir.

Esa es la gran diferencia entre un local de moda y un lugar con alma. El primero funciona mientras dura el ruido. El segundo permanece porque responde a una necesidad real. Olavide responde a una necesidad real: la de encontrar un sitio donde la literatura no esté aislada de la vida.

Por eso gusta tanto. Porque allí se puede ir a por un libro, a por un café, a por una conversación o simplemente a pasar el rato. Y en todos esos casos la experiencia encaja. No hay una parte impostada ni una promesa hueca. Hay, simplemente, un espacio bien pensado y mejor vivido.

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C. de Olid, 14, Chamberí, 28010 Madrid

Tel. 914453481