En una ciudad que avanza a un ritmo acelerado, encontrar espacios que se mantienen fieles a sí mismos resulta cada vez más excepcional. Madrid crece, se renueva y se adapta a nuevas dinámicas urbanas. Sin embargo, todavía conserva rincones que parecen haberse quedado al margen de esa carrera constante. La Plaza de la Paja es uno de ellos.
No es una plaza monumental ni presume de grandes dimensiones. Tampoco aparece en la mayoría de recorridos turísticos rápidos. Su valor está en otra parte. En la continuidad. En la sensación de que el tiempo aquí avanza de forma distinta.
Ubicada en el corazón del barrio de La Latina, la Plaza de la Paja no se impone. Se descubre. Surge tras un entramado de calles estrechas que obligan a caminar despacio. Y ese acceso casi involuntario marca el tono de todo lo que viene después.
Un espacio que nunca dejó de ser ciudad
La Plaza de la Paja no funciona como decorado. No se presenta como postal ni como escenario pensado para la foto rápida. Aquí Madrid no se exhibe. Se vive.
Durante siglos fue uno de los centros neurálgicos del Madrid medieval. Mercado, lugar de paso y punto de encuentro. Ese pasado no se ha borrado, aunque tampoco se ha convertido en un reclamo explícito. Permanece integrado en la estructura urbana, en la forma del espacio y en la relación natural entre los edificios.
El trazado irregular, la escala humana y la ausencia de grandes intervenciones recientes refuerzan esa sensación de autenticidad. Nada parece forzado. Nada sobra.
La plaza que invita a quedarse
A diferencia de otros espacios urbanos del centro, pensados para el tránsito rápido o el consumo constante, la Plaza de la Paja invita a detenerse. Bancos, zonas de sombra y un silencio relativo crean un ambiente poco habitual en esta parte de la ciudad.
Aquí es frecuente ver a vecinos sentados, personas leyendo o simplemente observando el entorno. No ocurre nada extraordinario. Y precisamente ahí reside su mayor virtud. En una ciudad cada vez más orientada a la experiencia inmediata, encontrar un lugar donde no pasa nada se convierte en un lujo.
La plaza no exige atención. La recibe sin esfuerzo.
La Capilla del Obispo, un tesoro del siglo XVI
Uno de los elementos que da sentido histórico y monumental a la Plaza de la Paja es la Capilla del Obispo, oficialmente conocida como Capilla de Nuestra Señora y San Juan de Letrán.
Este edificio religioso del siglo XVI representa un momento de transición clave en la arquitectura española. Su planta y trazado responden todavía al gótico, mientras que la fachada septentrional y la decoración interior anuncian ya el lenguaje renacentista. Esa dualidad la convierte en una pieza especialmente valiosa dentro del patrimonio madrileño.
Declarada Monumento Nacional en 1931, la capilla forma parte del complejo parroquial de San Andrés. Junto a ella se encuentran la iglesia de San Andrés, de planta gótica, y la Capilla de San Isidro, de estilo barroco. El conjunto ocupa prácticamente una manzana completa, delimitada por varias plazas y costanillas históricas.
El acceso a la Capilla del Obispo se realiza directamente desde la Plaza de la Paja, concretamente desde el número 9. Sin embargo, su presencia resulta sorprendentemente discreta. Desde la calle, apenas hay elementos que delaten su carácter religioso. Esa discreción fue, de hecho, la razón por la que se salvó de la quema de iglesias en distintos episodios históricos.
Un panteón familiar cargado de historia
La capilla se levantó entre 1520 y 1535 sobre el solar de una construcción anterior, probablemente mandada edificar por el rey Alfonso VIII. Su objetivo inicial fue albergar los restos mortales de San Isidro Labrador, por iniciativa de Francisco de Vargas, miembro de una de las familias más influyentes del Madrid medieval.
El impulso definitivo llegó de la mano de su hijo, Gutierre de Vargas Carvajal, obispo de Plasencia. A él se debe la fundación formal de la capilla y la suntuosa decoración interior que aún se conserva. En su honor, el edificio empezó a ser conocido popularmente como Capilla del Obispo, nombre que ha perdurado hasta hoy.
Tras el traslado del cuerpo de San Isidro a la iglesia de San Andrés en 1544, la familia Vargas decidió convertir la capilla en su panteón familiar. El retablo y los cenotafios encargados al escultor Francisco Giralte refuerzan ese carácter funerario y simbólico.
El Hombre Sentado, arte cotidiano en la plaza
La Plaza de la Paja no solo conserva patrimonio histórico. También integra elementos contemporáneos que dialogan con naturalidad con el entorno. Un buen ejemplo es la escultura El Hombre Sentado, obra de Félix Hernando García.
Esta escultura de bronce, realizada en 1997, representa a un hombre leyendo el periódico, sentado sobre un banco de granito. No hay épica ni grandilocuencia. La escena es cotidiana, casi íntima. Y precisamente por eso funciona.
El Hombre Sentado se integra en la vida diaria de la plaza. Comparte espacio con los vecinos, con quienes descansan o pasean. No reclama atención, pero acaba captándola. Es una obra que refuerza la idea de la plaza como espacio habitado, no como museo al aire libre.
El Jardín del Príncipe de Anglona, una joya escondida
Otro de los grandes secretos de la Plaza de la Paja es el Jardín del Príncipe de Anglona. Este pequeño y cuidado espacio verde fue durante siglos un privilegio reservado a los residentes del palacio contiguo. Hoy, en cambio, se ha convertido en una de las joyas verdes más singulares del centro de Madrid.
Creado hacia 1750, es uno de los pocos jardines nobiliarios del siglo XVIII que se conservan en la ciudad. Su diseño actual se debe a Javier de Winthuysen, quien lo reformó en 1920 respetando su estructura original. La última restauración, realizada en 2002 por la paisajista Lucía Serredi, permitió consolidar su estado y abrirlo al público.
El jardín ocupa unos 800 metros cuadrados y presenta un trazado neoclásico organizado en torno a un parterre en crucero, delineado por setos bajos de boj. Conserva el solado original de los caminos, realizados en ladrillo colocado a sardinel, y varios bancos que invitan a sentarse y disfrutar del silencio.
Uno de sus rasgos más singulares es su estructura colgante. El jardín se asienta sobre un terraplén artificial que salva el desnivel con la calle de Segovia. Desde allí se abre como mirador, ofreciendo una perspectiva poco conocida de esta zona histórica de Madrid.
Un palacio con historia cortesana
El jardín toma su nombre del palacio contiguo, una residencia nobiliaria del siglo XVII que perteneció a los herederos de Álvaro de Benavides. Construido con la sobriedad característica de la arquitectura castellana, el edificio fue habitado por destacados cortesanos, entre ellos el Príncipe de Anglona.
Este conjunto palacio-jardín refuerza el carácter aristocrático y residencial de la Plaza de la Paja, recordando que este espacio no solo fue mercado y lugar de paso, sino también enclave de poder y vida cortesana.
La Latina sin estridencias
A pocos metros de calles siempre animadas, la Plaza de la Paja actúa como un refugio. No está aislada del barrio, pero tampoco se deja arrastrar por su ritmo más intenso. Incluso en fines de semana mantiene una calma poco habitual en La Latina.
Por eso sigue siendo uno de los rincones más apreciados por quienes conocen Madrid más allá de los recorridos habituales. Es un lugar que se recomienda en voz baja, casi como un secreto compartido.
Un ejemplo de conservar para avanzar
La Plaza de la Paja no pide reformas ni reinterpretaciones. Su fuerza está en haber llegado hasta aquí sin perder su esencia. En una ciudad donde muchos espacios se transforman para adaptarse a nuevas modas, este rincón demuestra que conservar también es una forma de avanzar.
No todo necesita cambiar para seguir teniendo sentido. Algunos lugares, simplemente, necesitan seguir siendo lo que son.
Madrid guarda muchos espacios así. Algunos ya han desaparecido. Otros, como este, resisten en silencio. Y en esa resistencia discreta reside su verdadero valor.
Desde Madrid (Transporte Público)
- En Metro: Las estaciones más cercanas son La Latina (Línea 5) y Tirso de Molina (Línea 1). Ambas están a poca distancia a pie de la plaza.
- En Autobús: Puedes tomar la línea 65 de la EMT hasta la parada de Plaza de la Paja. Otras líneas de autobús que sirven áreas cercanas incluyen varias rutas que pasan por el centro de Madrid.
- A pie: La plaza está ubicada en el histórico barrio de La Latina, a pocos minutos a pie de la Plaza Mayor y la Calle Segovia.




